jueves, 11 de junio de 2009

DESPUES DE LA CRUCIFIXION

Por momentos, pareciera que soy el mismo intento de escritor que nació en 1989, en un salón de clases.
Aquél que en su tercer año de secundaria, en los últimos días de esa etapa de formación, los últimos días del ciclo escolar, al hacer un ejercicio que el orientador (Juventino se llamaba) le dejo a unos 50 alumnos, escribió su primera obra.
El ejercicio fue escribir un texto utilizando unas 15 palabras que el orientador apuntó en el pizarrón.
En una hoja cuadriculada, que después sería guardada en la carpeta donde estaban recopilados los apuntes y tareas del resto de las materias cursadas ese año, escribió una historia de suspenso con los compañeros de grupo como personajes.
Ese primer cuento tuvo una segunda parte…
Después, salieron otras historias…
Veinte años después, el teclado de una lap sustituyó a la pluma y la máquina de escribir.
En lugar de una hoja en blanco, tamaño carta, una pantalla se llena de las letras, palabras y frases que un cerebro atrofiado transmite.
No existe una carpeta que conserve los textos. Ahora es el disco interno de la lap que me ayuda a almacenar todo lo que escribo, y de paso es una confiable memoria que jubiló a la de mi cerebro, porque ya no hace bien su chamba.
“Mario el Destripador” fue el título de mi primera historia. No llevo la cuenta de todo lo escrito en 20 años; al contrario, ya ni recuerdo de qué tratan la mayoría de esas historias.
Cuando por algún motivo reviso la carpeta donde concentro mis chaquetas mentales, me esfuerzo para recordar qué escribí y por qué lo titulé así.
Sé que muchos textos los perdí porque sólo quedaron en papel, nunca los “reescribí” para guardarlos en una computadora… mi memoria no sabe dónde quedaron esos folders y carpetas que recopilaron gran parte de mis relatos.
Me consuela la idea de que alguien al que le haya llegado una de las copias, de cualquiera de mis historias, se la acredite y publique en un libro, o haga un guión cinematográfico, que le valga el reconocimiento de la gente.
Si ocurre, no le diré a nadie que fui plagiado… seguramente ni me acordaré de que yo escribí esa obra…
Por momentos, pareciera que soy el mismo intento de escritor de hace veinte años.
Pero son menos las chaquetas, son menos las historias.
Hace veinte años eran más las ganas de escribir, que la experiencia. Ahora es más la experiencia, pero poco ánimo para teclear.
Curiosamente, todos los días mis dedos teclean para darme de comer. Es decir, no he dejado de escribir.
Escribo, pero ya no las chaquetas mentales.
Escribo, y tengo más lectores que antes.
Escribo historias, historias que son parte de una gran historia…
Como en una novela, tengo personajes principales y secundarios e incidentales; tengo un espacio donde se desarrolla la trama, y un ambiente, y un tiempo.
Pero esta historia ya no sale de mi cerebro, de mi imaginación. Son otros los que me la están dictando.
Je je je, por momentos, pareciera que soy el mismo intento de escritor que nació en 1989.
El intento de escritor de hace veinte años, escribió porque alguien lo obligó a hacerlo.
El intento de escritor de ahora, escribe porque está obligado a hacerlo.
El intento de escritor de hace veinte años, cuando se dio cuenta de que era bueno en su labor, siguió escribiendo.
El intento de escritor de ahora, se acaba de dar cuenta de que sigue escribiendo, pero ya no sabe si es bueno en su labor.
Hace veinte años, cuando escribí mi primer cuento, no pensé que seguiría haciéndolo.
Hace un rato, cuando escribí mi última nota, no pensé cuánto tiempo seguiré así.
La semana pasada, cuando escribí mi último cuento, me di cuenta de que aún tengo chaquetas mentales para rato.
El intento de escritor que nació hace veinte años, hoy sigue siendo un intento… pero hoy, esta noche, acaba de recordar por qué le gusta escribir.

No hay comentarios: