POR FERNANDO MORCILLO
David llegó de Neza con la esperanza de ver realizado su sueño en estas playas del caribe, en esta Playa del Carmen que, según las noticias que me llegaban del centro del país, era uno de esos lugares donde todo sucede.
Lo conocí una noche mientras tomaba su caguama en el muelle. Me convidó de su cerveza y platicamos un rato.
Acababa de llegar y no tenía donde pernoctar, así que por el detalle de compartir su chela conmigo, lo invité a alojarse una temporada en mi cuarto.
Pronto encontró trabajo en una pizzería y su primer sueldo lo gastó en un equipo de snorkel el cual utilizaba todos los días para buscar sirenas en el mar.
Sí, el máximo sueño de David era conocer una sirena que lo amara y se lo mamara todas las noches.
No entendía estas creencias de su parte y mejor trataba de inculcarle amor y placer por las hembras de verdad, de las que se pasean todos los días, casi desnudas, por la playa. Pero David no se conformaba con este tipo de relaciones heterosexuales, ya fuera con una mujer nacional o una extranjera; estaba seguro de encontrar a su sirena.
Diariamente, a las seis de la mañana, salía a la playa para regresar después del mediodía a comer y, posteriormente, arreglarse y salir, nuevamente, a su trabajo.
Por las noches, culminada nuestra jornada laboral, nos comprábamos un par de caguamas que nos acompañaran en la playa mientras observábamos las olas en espera de que se asomara una sirena.
En estos encuentros, en algunas ocasiones, solía preguntarle si, de veras de veras, no prefería saborear el himen, la vagina real y palpable de cualquier mujer que lo ayudara a olvidar su fantasía, pero él se aferraba a la creencia de las sirenas y me recomendaba leer La Odisea para que, entre líneas, entendiera el sueño real de Homero, pues si aludía a las sirenas, argumentaba, es porque le había tocado conocer alguna.
Después de tres meses de vivir conmigo, mi compañero de cuarto nunca mostró signos de desesperación, fatiga o fastidio; fiel a su ritual se iba en la mañana a snorkelear para regresar al mediodía con la idea de que al siguiente aparecería su sirena.
Una noche, mientras tomaba de la caguama, en son de broma le pregunté si el día que encontrara a su sirena utilizaría una navaja para hacerle un orificio donde meter su miembro. Muy serio, contestó que el no quería cogerse a la sirena, pero sí deseaba que la sirena le chupara el pito... ¡Sirenas mamadoras! ¡De veras me caía bien David!
Pero una tarde, ya no regresó...
Pensé que se había ahogado o que, de plano, se sintió ridículo de no encontrar sirenas y se regresó a su Neza o que tal vez una hembra de verdad se lo había llevado a la cama y sacado de sus sueños...
No encontré respuestas, él, simplemente, no apareció.
Y lo peor para mí es que lo extrañaba de verdad, pues ya me había acostumbrado a las noches caguameras en la playa y a comer pizza gratis todos los días.
Al cabo de 10 días, cuando empezaba a acostumbrarme a su ausencia, en un diario local salió la noticia de un cuerpo encontrado en Cozumel, en graves condiciones, casi a punto de morir.
Suponían, los que lo encontraron, que tal vez la corriente lo arrastró y no pudo regresar a tierra, nadie supo decir cómo logró llegar a la isla, pero estaba vivo y lo fui a buscar a Cozumel.
Cuando reaccionó, días después, no sabía nada de lo ocurrido.
Yo no estaba dispuesto a perder su amistad y las pizzas gratis por una pinche sirena irreal, así que le conté una mentira, de esas piadosas, que lo hiciera sentir realizado su sueño.
Le expliqué que una sirena lo había jalado al sentirse tan deseada por un ser humano y que lo arrastró al fondo del mar para conocerlo; que lo tuvo con ella, pero como no podía tenerlo toda la vida, lo devolvió a la tierra.
David se creyó el chisme y se convirtió en la persona más feliz del mundo. Sólo lamentaba no acordarse de nada...
Como toque final a mi mentira, le dije que la persona que lo recogió en la playa, escuchó decir a la sirena algo como "fue la mamada de pito más sensacional de mi existencia"... ¡David estalló de felicidad!
Hace una semana se fue de nuevo a la playa. Llevaba un anillo de oro en la mano, la intención de pedirle matrimonio en la cabeza y una firme convicción de no volver sin la sirena.
Hace una semana, entonces, que espero su regreso o que, de menos, llegue otra persona que también trabaje en una pizzería.
martes, 27 de noviembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario