viernes, 1 de febrero de 2008

SIEMPRE GUARDO UNA CERVEZA PARA LA CRUDA

POR FERNANDO MORCILLO

Sabía que estaba en mi casa porque el vómito estaba en la pared de mi baño.
Sabía que estaba en mi baño porque el espejo me mostraba que yo estaba ahí, vaciando mi estomágo en la pared, porque no llegué a levantar la tapa del bacín.
Y también sabía que estaba en mi casa, en mi baño, porque llevaba demasiado tiempo ahí sin que nadie preguntara, por lo menos, si todo estaba bien ahí, donde yo estaba.

Lo que no entendía es ¿qué hacía ella a esa hora y en ese Mi Lugar, en Ese Momento, si ni estuvo donde yo me acuerdo estuve la noche anterior?
Buscar respuesta a mi enigma era regresar a los principios de la filosofía que nunca entendí en la escuela y por eso no le pregunté qué hacía ahí conmigo.

El baño estaba disponible para mí, porque era mi baño, el baño que siempre me ha atendido; el baño que en los últimos cinco años me ha atendido sólo a mí.

En la pared, una de las cuatro paredes, el closet estaba en su lugar con la ropa en su lugar; la tele y el DVD en su lugar, encima de su mueble con los discos en su sitio.
En la otra pared mi silla y mi mesa con el intento de comida que tenía por despensa (dos bolsas de papitas y una de cacahuates salados) en su sitio.
Y en el otro lado, el refri de cinco pies. Es decir, todo en su lugar.
Hasta el cuadro que dejo el inquilino anterior estaba en su lugar.
Hasta la mancha que intentó quitar, el que vivía antes, con pintura azul de agua conservaba la misma forma.

Todo bien, excepto por dos cosas: ¿qué hacía ella a esa hora y en ese mi Lugar, en ese Momento, si ni estuvo donde yo me acuerdo estuve la noche anterior?
Lo otro, lo que no cuadraba en mi habitación, aún no sabía qué era, pero estaba seguro que faltaba.

En fin, terminé de hacer mi obra en el baño, la obra por la que algún artista habría pagado miles de dólares, para revender a algún buscador de tesoros, pero que en cuanto me sintiera bien mandaría, con ayuda de la regadera, al desagüe.
Incluso, sobre el lavabo un número incontable de hormigas dañaba mi obra plástica del día.
¿Cómo llegaron?, sí lo sabía. Igual que la última vez que me descuidé y no les aventé Baygon Hormigas.
¿Cómo llegó mi obra plástica ahí?, eso sí no lo sabía, aunque tenía una hipotesis.

Pero, ¿qué hacía ella a esa hora y en ese mi Lugar, en ese Momento, si ni estuvo donde yo me acuerdo estuve la noche anterior?

A un lado de mi codo izquierdo, la sangre coagulada ya había hecho una costra.

La luz del día, que asomaba por la esquina derecha de mi habitación, no me decía mucho de la hora… tantos años de vivir aquí no han servido para entender cómo camina el sol.

Ante mi escasa creatividad para formular respuestas o inventarme alguna, decidí acostarme en el piso, en la misma posición que recordaba haberme levantado.
Pero esa posición, mi cuerpo, ya no estaba dispuesto a aceptarla un rato más.

Por eso, para recuperar el lugar que mi cuerpo exigía tuve que preguntarle ¿qué hacía ella a esa hora y en ese mi Lugar, en ese Momento, si ni estuvo donde yo me acuerdo estuve la noche anterior?

Y ella dejó el libro, no sé si era mío, que leía entonces para preguntarme si estaba bien…


Dos años atrás hizo la misma pregunta pero tenía otro sentido.
Dos años atrás no tenía para pagar mi consumo y ella evitó que lo que yo conozco como cuerpo tuviera lesiones serias y por lo cual se comprometió a pagar la deuda.

Dos meses atrás hizo la misma pregunta cuando, dentro de uno de esos pequeños espacios que compartes con más de cinco, me preguntó si ya iba a cambiar.

Dos días atrás me preguntó lo mismo, pero tenía otra connotación, ¿estaba bien?.
Sí, aunque en ese momento ya se iba de ese cuarto que compartimos…

Entonces, ¿qué hacía ella a esa hora y en ese mi Lugar, en ese Momento, si ni estuvo donde yo me acuerdo estuve la noche anterior?

Y antes de responder a esa pregunta mi cerebro, a través del sentido de la vista, apreció que en una de esas cuatro paredes había un charco de agua.
Un charco de agua que tenía origen en el refri de 5 pies de alto y que en su espalda había sido desconectado.



La vanidad siempre lleva a la gente a presumir los únicos logros que puede tener en su vida, así como el narcisismo puede llevar a los que se creen bonitos a ver el mundo feo.
Para nosotros los alcohólicos, la vanidad es pensar que cuando la fiesta va a acabar debemos de pensar que no tenemos nada más para tomar.
Debemos entender que vienen horas duras y difíciles para que nuestro organismo vuelva a asimilar algún tipo de brebaje que evite que el cuerpo tenga esa sensación de sed, de cansancio, de me lleva la viejita…
Bueno, así era en el pueblo del que salí, donde la venta de alcohol terminaba a las 11 de la noche y depués, si no compraste lo suficiente, aguanta hasta las 10 de la mañana cuando Don Cuco regresaba de raspar el maguey.
Y así aprendí que aún cuando nunca faltaba el alcohol en este lugar, debías preveer
Pero aquí, cuando supe que el pulque no existe porque no existen ni los dioses que lo pueden beber porque simplemente no hay magueyes…

Desde que compré el refri he tenido la precaución de guardar una cerveza.
Este refri de 5 pies de alto ha podido conservar mi salvación del día siguiente.
Me ha ayudado y me ha salvado de tener que salir a buscar apaciguar mi sed en temperaturas de hasta 35 grados centígrados…

Tenía aún dos preguntas sin respuesta… y una de estas casi estaba por descubrirla.

Abrí la puerta del frigo, del refri de 5 pies de alto, y revisé su interior.
No había nada a excepción del queso oaxaca que olvidé desde hace tres semanas.

Pero siempre guardo una cerveza para la cruda y en ese momento no estaba donde siempre la he dejado.

De momento yo no podía responder a esa mi pregunta, pero había alguien que podía responder la otra, mi otra pregunta.
¿Qué hacía ella a esa hora y en ese Mi Lugar, en Ese Momento, si ni estuvo donde yo me acuerdo estuve la noche anterior?

Pero, de momento, esa pregunta ya no me interesaba…
¿Dónde está la cerveza que siempre guardo para la cruda?; esa sí me urgía preguntar.

Hace algún tiempo la pregunta más importante de mi vida se la hice a mi mamá.
Le pregunté cómo era yo cuando salieron mis primeros dientes.

No se acordaba y por eso mintió.
Me dijo que era un niño lindo y hermoso al que todos querían abrazar.

Con eso me dí cuenta que preguntar no valía nada porque siempre alguien te va a mentir y se va a aferrar para hacerte creer que es verdad porque para ellos ya lo es, porque ya aceptaron las mentiras de los demás.

Pero de eso, a preguntar sobre la cerveza que guardaba para mi cruda…
Más importante que saber ¿qué hacía ella a esa hora y en ese Mi Lugar, en Ese Momento, si ni estuvo donde yo me acuerdo estuve la noche anterior?, era necesario saber dónde estaba la cerveza que siempre guardo para la cruda.

Y ella, con preguntas (varias) en su cabeza, lejos de responder mejor recogió las blusas que aún quedaban sobre mi cama y le pertenecían.

Y partió con las grandes dudas por las cuales fue a buscarme, pero se fue con la gran respuesta de decirme dónde quedó la cerveza que siempre guardo para la cruda…

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH